Entre dos tapas verdes.
Bajo las negras nubes que cubrían el cielo, una pequeña gota caía con un único pensamiento.
Qué solitaria era la caída para esa pequeña gota. Ella recordaba haberse precipitado en incontables ocasiones... pero hacía ya meses, allá aquel frió invierno se encontraba en una nublada tarde parisina.
Recuerda resbalar entre ventanas y observar a la luz de las chimeneas el negro suelo de madera en el que la gente se tumbaba para leer cuentos con olor a cuero.
Siempre tuvo cierta atracción por los nublosos cielos de París, aunque recuerda también las tormentosas noches Londinenses. Grandes calles repletas de gentes y oscuros paraguas.
La pequeña gota siempre ha tenido un gran miedo: Aunque sea corto, el trayecto de la nube al suelo se antoja solitario y ruidoso.
Siempre sufrió al no sentirse al abrigo de otras gotas o al calor de los cristales en los que tanto le gusta reposar.
Siendo sinceros, la gota termina perdiendo rápido su miedo.
Ella espera el día en que pueda alimentar a una rosa a la luz de la chimenea sobre los oscuros tablones de nogal.
Pues cree que hay algo nuevo por compartir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario